lunes, 21 de noviembre de 2005

El dolor de Francisco Javier Cuadra (por Manuel Guerrero)



En su discurso de despedida al cargo de Rector de una conocida universidad privada chilena, el otrora vocero de la dictadura militar,Francisco Javier Cuadra, inscribió su experiencia de renuncia a suposición directiva al interior de una virtual tragedia griega. En dicha narración, Cuadra se autoerige como héroe incomprendido, como víctima de las circunstancias, como un Prometeo encadenado por la furia de quienes no están a su altura de hombre excepcional, pero humano, demasiado humano. Así, en un par de frases diligentemente difundidas por los principales medios de comunicación del país, el heraldo de la dictadura transformó las legítimas demandas del cuerpo académico y los estudiantes de la Universidad Diego Portales, que exigieron la cesación del ejercicio de su cargo por su vinculación confesa con el encubrimiento de crímenes de lesa humanidad, en un rito revanchista, a través del cual se descargan las culpas colectivas sobre “un inocente en medio de clamores de venganza y de la búsqueda de purificación a través del sacrificio de uno de sus miembros”.

Por los diarios y la televisión pudimos ver a un Francisco Javier Cuadra dolido, comprensivo, empático. De la misma boca que en la segunda mitad de los años ochenta salieron repetidas palabras y mensajes que manipularon a la opinión pública, confundiéndola respecto de los verdaderos responsables de los crímenes que cometían agentes armados del Estado chileno contra connacionales indefensos, ahora afloraron contenidos de clamor por el reencuentro nacional, a través de la igualación de experiencias traumáticas: "Siento que quizás el temor, la angustia, la impotencia y el cerco de la discriminación y exclusión que he sentido en estos días por el trato que he recibido, pudieran ser espejo lejano pero hiriente del sufrimiento injusto que muchos padecieron durante el gobierno del que fui funcionario. Cambian los nombres y las circunstancias, pero el abuso humano es el mismo".

Debe ser un gran avance para la reconciliación nacional que un Personero tan destacado de la dictadura se declare tan comprensivo con quienes vivieron el exterminio que él mismo fomentó, ayudó a implementar y amparó. Y quienes fuimos objeto de sus acciones y omisiones –hijos de prisioneros políticos, ejecutados y detenidos desaparecidos-,debiéramos sentirnos unidos a Francisco Javier Cuadra, por el lazo que otorga el compartir el mismo “temor”, “angustia”, “impotencia” y “sufrimiento injusto”. Su causa, es su mensaje, es la nuestra, pues hay “equivalencia” e “igualdad de condición” en el dolor.

A fines del año 1984, cuando ya ejercías como ministro portavoz de la dictadura, el Ministerio del Interior decretó el Estado de Sitio -¿recuerdas, cancelación de las libertades civiles básicas, como libertad de reunión, de prensa, y un largo etcétera?-, y a mi casa llegaron, de noche, civiles armados buscando a papá. Tenía catorce años y me mostraron –aun lo conservo, por si la quieres para tu archivo de cultura clásica-, el decreto del Ministerio del Interior firmado por Sergio Onofre Jarpa, en el que dice, sin mayor preámbulo, que mi padre–profesor normalista-, debía ser arrestado, interrogado durante el tiempo que fuera necesario, y luego expulsado del país junto al dirigente opositor Jaime Insunza. Todo ello, eso dice el membrete, a nombre del Presidente del República, de quien tú eras vocero. Mi padre en ese momento no estaba en casa y desde ese momento tuve que aprender a mentir acerca de su paradero. Esa misma noche mamá me pidió que rompiéramos y botáramos todas las cartas que papá nos había escrito alguna vez, con poemas y dibujos mágicos, y que hiciéramos desaparecer las fotos, pues esto ya les había ocurrido en 1976 cuando papá estuvo en manos del Comando Conjunto. Así es que hoy no conservo ninguna carta de papá y sólo tengo escasas fotos en las que aparezco junto a él. Papá se escondió, tuvo que dejar de dar clases en su liceo en Conchalí y no lo volví a ver, tras muchas semanas, hasta el año nuevo. En esa oportunidad llegó, de forma imprevista, al interior de la maletera de un auto para que no lo identificaran en la calle. Compartió con la familia un par de horas y luego se fue por un par de meses más. No hubo cargos en su contra, no hubo Tribunales de Justicia que lo ampararan, no pudo ejercer sus derechos.

En marzo de 1985, tú seguías en el equipo político en La Moneda, el Gobierno levantó el Estado de Sitio. Ello permitió que papá pudiera volver a trabajar, pues supongo que no creerás que el “oro de Moscú” nos mantenía alimentados a mi hermana y a mí, y que eran los “cubanos” los que pagaban el gas para el calefón de casa o mis clases de guitarra clásica en el conservatorio. Durante meses comimos porotos, tomamos té y nos bañamos muchas veces con agua fría. Pero, disculpa, todo eso es muy menor a lo que a te ha ocurrido, y muy poco helénico. Papá volvió a sus clases y a sus actividades de dirigente gremial, hasta que -supongo no lo habrás olvidado, pues seguías de vocero de Gobierno- lo secuestraron de las puertas de mi colegio y al día siguiente apareció degollado con su cuerpo torturado. ¿Y qué dijiste a la opinión pública? Lo mismo que en el caso del Pepe Carrasco: purgas entre comunistas. ¿Recuerdas al general Mendoza? Si trabajaste para y con él. Bueno, fueron Carabineros y agentes civiles de la Dicomcar los que nos hicieron todo esto.

Pero, Francisco Javier, te comprendo, los académicos y estudiantes de la Universidad Diego Portales son equivalentes a los asesinos de mi padre. El trato que te han dado, escribir una carta firmada, debe ser muy doloroso. ¿Te enseño a redactar un recurso de amparo? ¿Te pongo en contacto con un psicólogo del Instituto Latinoamericano de Salud Mental y Derechos Humanos para que te ayuden a hacer el duelo? Ahora que tienes más tiempo, quizá podamos ir a terapia juntos. Manuel Guerrero AntequeraSociólogo

viernes, 11 de noviembre de 2005

El llamado de Sebastián Acevedo (Manuel Guerrero)


Hace veintidós años, el 11 de noviembre de 1983, Sebastián Acevedo hizo un llamado a la policía política de Chile, la Central Nacional de Información, para que le devolviese a sus hijos que habían sido detenidos y estaban siendo torturados. La CNI no atendió este llamado y Sebastián Acevedo, en un acto que aún hoy nos remece, se inmoló en las puertas de la Catedral de Concepción, como gesto de denuncia de la tortura ejercida de manera sistemática en el país y sus propios hijos. Han transcurrido un par de décadas, pero aquello que ocurrió, la tortura y la inmolación de un luchador por los derechos humanos, aún no han terminado de pasar. Y el llamado de Sebastián Acevedo actualiza la pregunta: ¿Cómo es que una parte importante de la sociedad chilena permitió que se practicara la tortura en forma institucionalizada? ¿Hemos finalmente dejado atrás las condiciones de posibilidad que hicieron verosímil la tortura en Chile? Lamentablemente la respuesta esnegativa.Uno de los aspectos más complejos de comprender en el fenómeno de la tortura es el proceso de “subvaloración” y “sobrevalorización” de las víctimas. Se trata de una inversión a partir de la cual el ser humano que se encuentra indefenso, degradado e impotente ante las circunstancias que lo han fijado en calidad de víctima inerme frente al torturador, se convierte, a partir de un fondo ideológico masificado, en “agente de poderosas fuerzas extrañas” o herramienta y parte de “conspiraciones internacionales”. Un enemigo interno, una enfermedad, un “cáncer que hay que extirpar de raíz”. De este modo, el ser humano objeto de la tortura ha sido, en un mismo movimiento, degradado como inferior al torturador a la vez que se le eleva a una condición de peligro potencial para la sociedad toda que no corresponden con la realidad. Fondos ideológicos, como la Doctrina de Seguridad Nacional, las Guerras Preventivas, o los mensajes actuales de “Seguridad Ciudadana”-, permiten la emergencia de torturadores que al ejercer la violencia sienten que cumplen con un deber cuasi sagrado de luchar contra amenazas de proporciones magníficas. Esta inversión de roles ubica las acciones de violencia de la tortura en un nivel “defensivo” y no “ofensivo”: es el torturador el que se “defiende” torturando, pues defiende a toda la sociedad contra las actuaciones de “fuerzas poderosas” que la ponen en peligro. Así, el torturador actúa por un bien: “defender” a la sociedad. Para que esta inversión de roles sea posible, se hace creer a parte de la población –y aquí la responsabilidad de los medios de comunicación de masas-, que aquél que es castigado con la tortura, es castigado porque “algo habrá hecho” o “algo está por hacer”. De este modo, el propio torturado es el responsable de la existencia de la tortura que se le aplica. La tortura es una demostración de poder que refleja en su dialéctica conflictos sociales. La tortura es el nivel represivo más agudo del enfrentamiento de fuerzas sociales a través de sus representantes. Junto con el castigo y la obtención de información, la finalidad de la tortura es destruir y quebrantar a un sujeto como medio ejemplificador de modo de aterrar a la población y particularmente a quienes se atreven a perderle el miedo a la tortura y se rebelan contra lo que consideran injusto o simplemente se niegan a integrarse a tal orden. La víctima de la tortura no es un igual, sino el “culpable” de todo lo negativo y adverso, volviéndose la violencia ejercida en servicio social éticamente irreprochable. Por ello no hay conflicto moral en el victimario, pues el Otro no es considerado un semejante, un prójimo, un ser humano: es un “humanoide”. El torturador no es, sin embargo, un individuo solitario que da rienda suelta en forma particular a su castigo a los “antisociales”. Este recibe órdenes, “la decisión de torturar viene de más arriba”. Pero la violencia excede también al que da la orden, no es una cuestión de individuos aislados. Tanto el que manda como el mandado son parte de una organización jerárquicamente estructurada, con pocos arriba y muchos abajo, piramidal. Y en dichos diseños organizacionales, propios de los ejércitos, los valores adoctrinados de lealtad total, respeto absoluto a la autoridad, fidelidad acrítica y disponibilidad absoluta, hacen que el individuo pueda ceder su responsabilidad de decidir. Con este “obedece porque debes”, característico de este tipo de organizaciones, se tiene por efecto la cómoda y cínica disolución de la responsabilidad individual. La palabra oficial es ley a obedecer, la que escapa y rehuye toda discusión. Desde aquí, entonces, la bomba de racimo que implica la sumatoria de grupo, institución e ideología. Se da un juego dialéctico “infernal”: sumisión, disponibilidad para la institución, obediencia a la autoridad,lealtad a la jerarquía, hostilidad frente a la diferencia, desaparición de la responsabilidad individual en el obedecer ciego a normas que se consideran de validez universal. Si a esto agregamos el “fondo ideológico” que prepara la victimización del Otro, tenemos un entramado que posibilita que seres humanos normales puedan cometer actos como los de tortura, sin sentirse siquiera responsables de sus acciones.Estamos en deuda con Sebastián Acevedo y sus hijos, pues nuestro país no ha resuelto lo más importante: ¿Cómo evitar que hechos como la tortura no vuelvan a ocurrir en nuestro país?. Pues si ayer tal práctica se hizo conocida al golpear a quienes representaban la posibilidad de cambiar el orden establecido a favor de intereses populares, ¿podemos asegurar que hoy no se aplica tal violencia a los tildados de “antisociales”, jóvenes y niños de origen socioeconómico precario, muchos de los cuales viven en las calles? ¿Qué sucede en las cárceles hacinadas de Chile? ¿La violencia intrafamiliar, el femicidio, el acoso sexual en el trabajo, no son otra forma de experiencia de la tortura? ¿Cómo es estigmatizada desde ciertos medios de comunicación una parte importante de la sociedad chilena y de nuestros hermanos de países vecinos? ¿No allana ello a la emergencia de la práctica de la tortura? Hoy ya no es suficiente con hacer patente la denuncia contra la tortura, pues ella por sí misma no basta para asegurar un “nunca más”. Como sociedad debemos ser capaces de avanzar a que se haga justicia y se castigue a los culpables de estos horrores como señal social de que éste tipo de hechos no pueden volver a ocurrir. Al mismo tiempo, debemos hacer un esfuerzo mayor por cambiar las condiciones de posibilidad que volvieron verosímil la práctica institucionalizada de la tortura, para que más allá de lo que se pueda conseguir en el ámbito de los Tribunales de Justicia, la desalojemos para siempre de nuestro modo de vivir la sociedad. Sebastián Acevedo, lo que te ocurrió no nos ha dejado de pasar.
Manuel Guerrero Antequera
Sociólogo

La Estructura de la Lectura (Hipótesis)

El ejercicio de la lectura puede suponernos dos instancias: una física, que correspondería al acto de mirar con los ojos lo que esta escrito; y otra síquica que correspondería a la capacidad de entender o hacer una conciencia de aquellos trazos de tinta ordenados sobre el procesado de madera llamado papel…
Entonces, lo que determinaría efectivamente la capacidad de lectura en conjunto de un determinado lector sería la cantidad de veces que el ojo aprehende las formas que adopta la tinta en el papel (palabras-grafemas-significantes) y las interpreta conscientemente. O digamos que lo determinante seria la cantidad de veces que se mira físicamente el papel con lo que se aseguraría su comprensión.
¿Qué justificación podría tener esto?
Nada más que la tardanza de la conciencia en captar tal proceso y luego de verse a si misma viendo el proceso.
El hecho explícito seria la anécdota casi universal, me permito decir, de: “no saber que sí sabemos”. Como cuando tratando de esbozar una explicación de cierto argumento, de la “nada”, emerge, haciéndonos notar que más de algo sabíamos, algo que ha quedado efectivamente registrado “en” nosotros. Ese algo, que se hace consciente en el momento de la explicación ya estaba “en” nosotros pero aprehendido de otra manera, una manera, diremos, inconsciente para mantener el efecto individual necesario. De otro modo podemos también decir que “eso” estaba “en” nuestro cerebro (lugar físico) pero no en nuestra conciencia (lugar psíquico). Esto deja abierta la interrogante acerca del conocer considerado como una aprehensión consciente de algo externo versus un re-conocimiento de algo que ya conocíamos pero se encontraba en estado de latencia “en” nosotros…

martes, 1 de noviembre de 2005

Fenomenología de la Escritura

La escritura es triste, de antemano, por que está perdida. Perdida en un espacio infinito que no tiene comienzo ni fin sino en el tránsito, porque cuyo comienzo y fin tiene un nombre (y apellido). Por eso quien escribe debe saber estar perdido como recurso metodológico, por que la escritura es reflejo de la mundaneidad del lenguaje que representa, y en ella se pierde…
Por eso la escritura es triste, de antemano, por que está perdida. Perdida en un espacio infinito que no tiene comienzo ni fin sino en el tránsito, porque cuyo comienzo y fin tiene un nombre (y apellido). Por eso quien escribe debe saber estar perdido como recurso metodológico, por que la escritura es reflejo de la mundaneidad del lenguaje que representa, y en ella se pierde…