lunes, 17 de octubre de 2005

Y ¿qué es lo americano?



Y ¿qué es lo Americano?
Ensayo sobre el texto Ser y No Ser de la Cultura Latinoamericana
de H. A. Murena

Introducción

La cultura y la verdadera identidad latinoamericana han sido las principales preguntas que han desvelado a los pensadores del nuevo continente, desde el mismo momento de su aparición. Es fácil entender la dificultas: somos y no somos, la mezcla, la hibridación, la esquizofrenia. No está claro que significan las palabras indígena, europeo y americano en el contexto de Latinoamérica. Ya ni siquiera las supuestas identidades autóctonas pueden ser comprendidas completamente, pues desde la llegada de los conquistadores del viejo continente no hay claridad, ni una real distinción en que “es de aquí “ y que “es de allá”.
Es por estos motivos que gran parte de los autores latinoamericanos se han dedicado a desentrañar, justamente lo que significa ser americano. Qué identidad nos pertenece, cuál es la cultura propia... si es que existe. Entre estas mentes preocupadas encontramos personajes como José Martí, Octavio Paz, Martínez Estrada, etc. Pero en esta ocasión, voy a revisar la visión de H. A. Murena, quien parte a la búsqueda de la identidad latinoamericana, no en la política ni en la filosofía, sino que en la literatura y las artes, y como ellas reflejan los distintos problemas de definición y auto- conocimiento por los que ha pasado toda su existencia nuestro continente.

¿Es que en realidad somos?

Una pregunta complicada, pero por la cual vale la pena comenzar. Por lo general, partimos del hecho que nuestra cultura existe, está latente en alguna parte, escondida u oprimida por la “otra” cultura, la dominante. Sólo está esperando ser descubierta o más bien, vuelta a la vida. Pero será mejor detenerse un segundo y replantearse la situación.
El nacimiento político parece no ser la respuesta, las guerras de independencia o las instituciones políticas no parecen haberle dado a Latinoamérica, la certeza de una cultura propia y real. La política parece llevada por el temor a lo otro más que por la confianza en sí misma, y si existe alguna identidad, existe más como aparato defensivo, y de rechazo a lo extranjero que a un sentimiento y cultura autóctona.
Es por esto, este sentimiento de no saber quien somos, ni si en realidad lo somos y además, de sentirnos inferiores o menos frente al otro, más “poderoso “ que nosotros, es que necesitamos averiguar la respuesta a la pregunta, pues si no, no tendría sentido seguir buscando o construyendo algo, que quizás no este destinado a ser.


Pero, ¿dónde buscar quienes somos?

Existen muchos libros que dicen ser sobre cultura, historia, arte o pensamiento latinoamericano. En el colegio nos ensañan, quizás no una cultura americana, pero por lo menos una nacional. ¿Será que realmente existe?. Es extraño, pero la mayoría de lo que nos enseñan, como dice el señor Murena, está equivocado o, por lo menos, no es toda la verdad.
Los autores, artistas y, en general, cualquier personaje cuya vida nos enseñen en el colegio, por lo general solo está copiando ideas o siguiendo tendencias europeas u occidentales; extranjeras. Y por más que nos quieran convencer de que pertenecemos a la parte occidental del mundo, es obvio que en ella no tenemos el mismo estatus que los demás. Y si pretendemos ser parte de ellos (cosa que no está consensuada), sólo nos queda seguir sus dictados y sus modas. Ni siquiera las obras políticas e ideológicas, de las cuales América tiene por montones, se escapan a esta situación, “... la entera producción latinoamericana de esa índole es el eco agigantado y deformado que arranca en América el pensar europeo”.
Entonces, ¿dónde buscar esta identidad?
Para Murena, un sentimiento se levanta como una posibilidad de un aporte, algo propio de Latinoamérica para el resto de occidente. Este sentimiento, “de cualquier modo, resulta profético: trátese del más intenso y profundo anhelo de concordia entre todos los hombres”. Lindo pensamiento. Plantea que, de forma prácticamente inédita, a lo largo de las obras de los autores latinoamericanos se observa un deseo de hermandad y paz. La causa podría encontrarse en la superación de los conflictos raciales y la extraña tendencia a resolver las diferencias mediante arbitrajes internacionales, algo así como una consecuencia resultante de haber pasado ya por muchos problemas y dolores, situaciones por las que América latina ha pasado suficientes veces.
La sensación, este sentir sudamericano, sería profético en el sentido de que nació o apareció primero aquí, pero se estaría esparciendo por toda la cultura occidental.
Insisto que es un hermoso pensamiento, pero ¿será algo más que eso, solo un pensamiento, un sentimiento?.

La idea de un sentimiento que otorgue unidad a lo americano es bella, pero no pasa de eso. Es sólo un sentimiento, dice Murena, no constituye una cultura. Y la cultura se caracteriza por ser expresión, expresión de lo que somos, cosa que sólo nos lleva de vuelta a la interrogante primera, ¿qué somos? La situación latinoamericana, en esencia, es y no es. Y, en palabras de Murena, allí es donde comienza nuestro estrabismo. Ante las preguntas que si somos europeos, indígenas o algo nuevo, a todas hay que responder invariablemente, sí y no. A cualquier pregunta sobre nosotros mismo, la respuesta será siempre, sí y no.
¿Cómo se supone entonces que logremos definirnos, si por una parte miramos hacia Europa, por otro, a la América indígena, y al mismo momento intentamos comprendernos como algo distinto? El problema está en evitar la esquizofrenia, no jugar a ser europeos, ni indígenas. Somos americanos, y hay que averiguar qué es lo que eso significa.

Ante la esterilidad que los indigenistas y europeístas presentan en cuanto a la conformación de lo americano, Murena explora otros aspectos de la cultura, buscando posibles respuestas en las artes, esperando encontrar en ellas algo que nos guíe a la solución a nuestras preguntas.
Pero un primer vistazo, deja claro que si es que ahí se encuentra algún acercamiento a la respuesta, tiene que ser buscada en profundidad, pues ya las caras de algunas de nuestras grises ciudades, nos delatan como imitadores de los estilos europeos, ciudades “en los que los estilos desaparecieron, o sencillamente (son) horrores- para- habitar”. Es como si nuestros arquitectos fueran ciegos. Pero en el sentido de que nuestras casas, nuestra arquitectura, no expresa nada, reprime. Y es debido al problema anterior: no está claro que cosa hay que expresar, por lo que no se puede esperar un arte vivo, que transmita una cultura constituida, sólo se pueden esperar divagaciones, intentos, copias.
Esto último, evidenciado también en la literatura, lleno de interesantes autores, que sin embargo, solamente son clones de los nacidos en Francia y España. Lo extraño es que este tipo de autores, los que utilizan las “bellezas del lenguaje, símbolos, sublimes cabalgatas del espíritu, arielismos, españolerias...”, son los que mejor son recibidos por los lectores. Pero así, lo único que hacen es olvidar “la realidad”, sus vidas concretas y su entorno, lo que aleja a la cultura de una de sus funciones, que es su “contribución al conocimiento de la propia alma”.
De toda esta incorporación de cosas extranjeras y otras variadas tendencias, surge un camino hacia, lo que según Murena, sería el germen de la expresión cierta de lo americano: el modernismo. Esto, de acuerdo a lo planteado por el autor, debido a la carencia de una cultura propia y, como consecuencia, al enorme acopio de información sobre otras culturas que se produce en América. Además, el modernismo acepta esta especie de indigencia cultural, y la transforma en algo positivo, siendo ahora bueno reconocer que no se es nada, constituyéndose además en una particular forma de ser.
Este cambio puede verse reflejado, a principios ya del siglo XX, en dos hechos importantes: uno es una reforma al idioma, un cambio en la literatura, el nacimiento de un nuevo tipo de poesía, con un acento propio latinoamericano. Otra, en la convivencia más pacifica tanto del indigenismo como del europeísmo en un mismo autor, ya no son opuestos ni excluyentes, se comienza a lograr una mejor comprensión de ambos.
Se ve el surgimiento de grandes poetas, novelistas e incluso músicos, pensadores y pintores. Traen un nuevo impulso, un intento más elaborado de respuesta a que es lo americano. Pero ellos ya desaparecen, o desaparecieron tiempo atrás, entonces ¿qué es lo que pasa hoy?, una pregunta que Murena no puede dejar de hacerse.


Sexo, revolución y marxismo

Atmósfera cultural latinoamericana: revolución. Los sesenta eran sexo y revolución. Más bien el sexo era una forma de revolución. Pero revolución ¿contra qué?, ¿Hacia dónde?.
Pareciera ser que Latinoamérica está estructuralmente predispuesta a manifestar por adelantado las convulsiones que afectan al resto de occidente. Todo el underground occidental, los Beatniks, la psicodelia, todo fue, según Murena, vivido en Latinoamérica primero. Como por ejemplo la generación literaria los parricidas. Llevaban una rebelión, un poco confusa, pero de gran crítica social y cultural, en medio de un entorno convulsionado y con aires de fin de una era. Se vive un clima de “Ultranhilismo, asunción voluntaria del nihilismo ambiente para promover una reforma vertical de la sociedad: tal es una de las características notorias de la actual literatura latinoamericana”. Además, por diversas causas tecnológicas, también vivimos en una época altamente sensible al fenómeno de lo mundial. Situación que nos habría llevado a tener un gran sentimiento de desconexión con nuestra tierra, convirtiéndonos en apátridas. El lugar desde donde se escribe pierde valor, y da lo mismo que los autores estén Buenos Aires o en un café en París.
Y en estas letras latinoamericanas, ultranihilistas y apátridas, una de las principales revoluciones es el sexo. Por largos años, el dominio religioso, moral y político de occidente ha monopolizado la concepción el cuerpo. Se impone la imagen dualista del humano: cuerpo y alma, donde el primero no es más que la tumba del alma, un objeto censurado por vergonzoso y menospreciable. De esto resulta una noción del hombre como un ser híbrido, pero cuyas partes no logran conciliarse. Incluso nuestro filosofo, Descartes, separó de forma irreconciliable el cuerpo y el espíritu, donde el único certeramente real es la mente, pues fuera de saber que pienso, no puedo asegurar la existencia ni de mi cuerpo ni del mundo que me rodea.
Lo que esta revolución quiere es la fusión de esos dos elementos constituyentes del hombre. Quiere que se reconozca a la llamada res extensa y se acabe la separación. Y el sexo es parte ella, es revolución contra los años de dominio católico, español, europeo.
Pero existe también otro tipo de revolución que tendría grandes repercusiones en nuestro continente y que hace referencia a la introducción de la noción de revolución marxista. Perece ser que la vía de la agitación política es la única con que contamos para hacernos oír. Además, Murena cree que “la política en parte ofrece en apariencia una solución inmediata del ser”. Es como si nos entregáramos a cualquier influencia extranjera con tal de que parezca lejana a España y EE.UU, quienes están demasiado cerca y amenazantes.
Y en este contexto, la inteligentzia latinoamericana, como la llama Murena, tiene como objetivo lo social desde el punto de vista del poder, por lo que utiliza lo cultural, el arte, la literatura, el indigenismo o lo que sea, como un arma revolucionaria más, una herramienta imprescindible que necesitan para cambiar a la sociedad.
En este aspecto, parece no convencer a Murena la vía del marxismo, cree que disolverá la cultura latinoamericana tal como lo hizo con la cultura rusa. El marxismo avanza por todos lados, más que como una ideología, como algo “vagamente religioso”. La cultura está siendo sustituida por consideraciones políticas y panfletos (claro que hablando de cuando fue escrito el texto).
El autor cree que el marxismo se convirtió en una respuesta automatizada, “o se está de acuerdo o no”, con consignas que además son extranjeras. Es un dogmatismo que se ve enfrentado a la reacción de las oligarquías que círculos eclesiásticos, con lo que resulta no un diálogo, sino una guerra donde la cultura desaparece, y consigo la gran pregunta sobre qué es lo americano.

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